martes, 18 de junio de 2013

Reflexiones de un jubilado: “Bautizos y otros asombros”

Medir la calidad de vida por años es consagrar la rutina. Como dar por sentado que a la circunstancia de envejecer se le llame decadencia, porque se contempla a las personas a través de espejos deformados. Cuando la verdad es bien distinta. Llegar a mayor es despojarse del uniforme olímpico de la vida como competición, y liberarse por fin de la tiranía de los objetivos – citius, altius, fortius – para empezar a descubrir que la plenitud humana es la aceptación de las propias marcas, por modestas que sean.
Lo verdaderamente inaguantable es lo evidente. La ovina aceptación de que sólo son verdad las pautas mil veces repetidas. Cuando se atraviesa la frontera que los horteras denominan tercera edad, se penetra en una catedral nueva, en la que sólo son admitidos los así llamados. Quienes observan su llegada desde fuera, se apresuran a abrir la carpeta de Tópicos para Abuelitos, y comienzan a espolvoreárselos con la mejor intención del mundo. Como hablarles con dulzura extrema, para evitar que se les atasque la próstata: En un momentito nos sentamos un ratito para que descanses un poquito. Que es siempre previo al instante de presuponer sus intenciones y gustos:
-Nos vamos al carnaval de Rio, pero a ti no te apetecerá…
-¿Por qué?
-Porque como las bailarinas van tan desnudas…
No hay antídoto conocido contra la buena voluntad de los que agitan la carpeta de los tópicos desde la acera de enfrente, mientras observan que al otro lado de la raya de la madurez, se abre el portón de una catedral nueva reservada para sus mayores. Una vez allí, las vertiginosas columnas góticas que se enredan con la luz de las vidrieras, son la expresión del milagro por el que el catecismo de la infancia adquiriere una nueva dimensión.
¿Cuántos bautizos, bodas y funerales se acumulan en su memoria? Ni ellos mismos lo saben; pero de repente es como si las nuevas sensaciones que disfrutan, en la etapa definitiva de sus vidas, les permitieran volver a descubrir un sentido secreto a los ritos de siempre. Por ejemplo: un nuevo bautismo que los limpie de todas las ambiciones medibles de sus años pasados, y les ofrezca la pureza de la libertad total. Para por fin encontrarse a sí mismos. Para resarcirse de los no tengo tiempo, tan frecuentes antes de llegar al silencio de la catedral.
Jubilarse el volver a bautizarse. Es descubrir que lo de la sabiduría de los mayores es una bondadosa mentira, para consolar a los que siguen creyendo en los tópicos. La vida empieza de nuevo cuando se es capaz de huir de lo evidente, de la programación estándar, de lo que siempre ha sido así, y de lo que se espera de uno. Muchos piensan que la libertad es tan imposible como la igualdad; pero si en algún momento las utopías tienen sentido es ahora, cuando dentro de la catedral se bautizan para empezar otra vez.
Si se les pregunta, responderán que nunca fueron protagonistas en los múltiples bautismos de manual a los que asistieron, como hijos, como hermanos, como padres, como padrinos, como parientes, como abuelos. Sonriendo siempre al dente, en el segundo plano de los bien vestidos, bien saludados, y bien besados. Mirando discretamente el reloj, sin levantar la muñeca ni agitarlo compulsivamente junto al oído, por si se hubiera vuelto a detener el tiempo, como cuando Josué y su famosa broma.
-Carmen, ¿a quién estamos bautizando?
-Pepe, por favor, que te van a oír.
-He perdido la noción del tiempo. Cuando llegamos era una nieta, pero a lo mejor ya es bisnieta…
-¿Por qué no te sales un poquito a la puerta?
-Porque ya me espero para conocer al novio…
Pero ahora por fin los protagonistas son ellos. Volver a bautizarse es dejar el reloj en casa y caminar parándose en los escaparates. ¡Una hamburguesa a 6 euros, que son 1000 pesetas! ¿Cuántas horas habría que haber trabajado hace cuarenta años para comprarse una de ésas? El tiempo, de repente se convierte en un amigo querido y desconocido a la vez, porque es el momento de disfrutar de las contradicciones recién descubiertas, como sentir que todo comienza para uno, mientras debería acabarse.
Visto desde dentro de la catedral, el mundo es tan nuevo que las velocidades se invierten y las películas empiezan cuando el carromato de los protagonistas se aleja hacia el enorme sol amarillo del horizonte. Los héroes antiguos siempre desaparecían lentamente en un precioso atardecer, para dar tiempo a recuperarse de la inesperada lágrima, antes de que se encendieran las luces. Y nunca se despedían de quienes habían ido a verlos, evitándoles el mal rato de pensar que al día siguiente era lunes. Tal vez su marcha fuera una profecía que nadie comprendía entonces, pero que adquiere todo su sentido desde dentro de la catedral, donde las semanas empiezan en jueves; lo que es estupendo… mientras dure…
El final siempre es un gran plano que se aleja. Todo el mundo lo sabe, porque llega un momento en que se precipitan las despedidas. Por eso es tan importante la catedral; porque en ella es donde se emiten los carnets de Héroe hacia el Sol Poniente. Que son todos distintos, porque las hazañas de cada uno también lo fueron; pero con un sello común en brillante tinta azul que dice: amigo, has valido la pena. ¿Puede haber algo más emocionante?

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