jueves, 23 de febrero de 2012

Desde mi ventana: El niño que llevamos dentro nunca muere -I- (Ángel de Castro)

El niño que llevo dentro, está más vivo que nunca. No sería bueno que muriese, porque me perdería una parte, no la mejor (acaso ninguna edad es la mejor, como ninguna estación es mejor que otra, todas son bellas y tienen sentido), sino algo consustancial y carne de mi carne, que le sigue dando al adulto, que estoy siendo, matices sin los cuales sería infinitamente más gris y aburrido y, desde luego, menos interesante. Somos quienes somos… lo que conlleva no renegar de quien he sido, conquistado a golpe de gubia y esfuerzo, y aceptar, celebrándolo, todas y cada una de las etapas anteriores que han ido aportando a mi personalidad cuanto soy, de lo que, eliminando no poca mediocridad y no haber dado la talla en mil aspectos, puedo estar orgulloso de una cosecha, voy a llamar, decente, y en aspectos abundante, fruto de no poco trabajo y no pequeña dosis de pasión.

Pero no sólo eso, sino que, gracias a ese niño que marcha a mi lado, soy capaz de seguir sorprendiéndome cada mañana y cada tarde de algo que me despeja y me entusiasma, y cada noche con sueños que me siguen desconcertando, como siempre; ni pierdo la curiosidad, que quedó grabada muy temprano, de escudriñar todos los rincones de la casa cuando me quedaba solo; o querer estudiar para poder llegar a ser un día como aquéllos que sabían tanto y yo admiraba o imitar y querer hacer las cosas que hacía mi padre y ser como mis hermanos o aprender de todos cuantos sabían más que yo.

Gracias al niño que va conmigo, si no de qué, quiero seguir creciendo, y que se me caiga la cola, como dice el joven cangrejo de Rodari, si no consigo caminar hacia delante, cada día más libre de prejuicios, cada momento más acorde con mi manera de pensar y tomar decisiones desde lo más profundo de mi yo, sin ataduras, sin esposas y sin mirar a ningún tendido, cada noche soñando en el amanecer con nuevos proyectos para lanzarme al ruedo del vivir. Es ese niño que va conmigo, quien desde que leyó el cuento genial de Gianni Rodari me lo recuerda. Jamás lo olvidaré:

Un joven cangrejo pensó: ¿Por qué todos los miembros de mi familia caminan hacia atrás? Quiero aprender a caminar hacia delante, como las ranas, y que se me caiga la cola si no lo consigo…

Y empezó a entrenarse a escondidas y con gran tenacidad, pero al presentarse, orgulloso de sus avances, a su familia, ésta le amonestó seriamente que dejara de hacer el ridículo. Las comadres del pueblo, como siempre, al verle, se escandalizaron y se salieron de madre en sus comentarios y un viejo que ya lo había intentado en su juventud, fatalista y resignado, le advierte que no conseguirá nada. Ante lo cual el joven cangrejo se mira hacia dentro, como para coger fuerzas, y se dice: Yo tengo la razón.

El final del narrador no puede ser más excelente:

Y después de saludar atentamente al viejo, volvió a emprender de nuevo su camino orgullosamente. ¿Llegará muy lejos? ¿Tendrá suerte? ¿Logrará enderezar todas las cosas torcidas del mundo? Nosotros no lo sabemos, porque está todavía caminando con el coraje y la decisión del primer día. Sólo podemos desearle, de todo corazón: ¡Buen viaje!

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